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miércoles, 27 de mayo de 2015

Dos ratones escondidos


Dentro de su ratonera
dos ratones revoltosos,
ven al gato adormilado
que está cerrando los ojos.

Cada uno por un lado,
le están tirando del rabo,
el gato se ha dado cuenta
pero se hace el despistado.

Le tiran de las orejas,
le dan pequeños mordiscos,
el gato con gran paciencia
las mueve a modo de aviso.

Le han cogido los bigotes
le están haciendo cosquillas,
el gato mueve el hocico
y en su boca un ratón pilla.

El otro se vuelve loco,
grita dando grandes saltos:
'Suelta a mi amigo ratón
que sólo estamos jugando'.

El gato de buen humor,
riéndose a carcajadas,
saca el ratón de su boca
después le sopla a la cara.

Huyendo a la ratonera,
los dos corriendo se han ido,
el gato cierra los ojos
y se duerme divertido.


¡A colorear!
 

Usa tus alas

          Cuando Miko nació, ¡qué precioso era! Sus hermanos también eran bonitos, pero Miko era un pájaro sencillamente hermoso: redondito, con la cabecita gris, el pico anaranjado que le cubría todo el pecho y sus alas en tonalidades negras, grises y naranjas. Los ojos muy redondos y muy negros estaban perfilados con un blanco tan blanco como las nubes.

        Fue el tercero de cinco polluelos y sus padres estaban muy orgullosos de todos pero preocupados especialmente con Miko.

         Dentro del nido era igual a sus hermanos, ¡pio, pio, pio! Cuando querían comer, ¡pio, pio, pio! Cuando se ponían a jugar... Pero pasado un mes, todos se asomaban a la orillita del nido y agitaban sus alitas aunque Miko, no podía. Tenía un ala rasgada por un lado y eso... no era normal.

           Papá y mamá lo sabían pero lo querían tanto que no les importaba.

       Pasado mes y medio, todos echaron a volar y Miko entonces preguntó por qué él no podía, pero sus padres no le supieron contentar.

    Cambió su humor: se volvió huraño, malhumorado y distante a pesar de que sus hermanitos venían a visitarle e intentaban animarlo.

        Día tras día ¡paf, paf, paf!, intentaba Miko agitar sus alitas encima de su nido en el árbol más bonito y robusto del bosque y... ¡nada! y cada día se oscurecía más su mirada.

       Un día, cuando descansaba en su lecho de pajitas, arrinconadito en el fondo, aparecieron sus papás y sus hermanos.

        -Miko, ya sabemos el secreto para que puedas volar. Tienes que cerrar los ojos y pedirlo con muchas ganas mirando al cielo. Miko, cerró los ojos y lo pidió fuerte, con ganas.

        -Por favor, Dios, por favor, ¡yo quiero volar!

     Y entonces, se hizo el milagro... como por arte de magia se empezó a elevar, suave, suave.

         -Miko, ¡abre los ojos!

    Y Miko los abrió, ¡vaya si los abrió!

    ¿Queréis saber que es lo que vió? Cada uno de sus hermanos lo sostenía a cada lado de su cuerpecito mientras él se extasiaba viendo el hermoso mundo que se alzaba bajo sus patitas. 
    
Miró a sus hermanos y sonrió. Al momento, comprendió que siempre, siempre con ayuda... podría volar.

    Por eso, cuando creas que no puedes hacer algo, piensa que siempre habrá alguien a tu lado que te ayude a conseguirlo.


¡A colorear!

El país de tus miedos

         
         Había una vez una niña que se llamaba Julia. Julia tenía miedo de muchas cosas. Tenía miedo en la oscuridad, tenía miedo de quedarse sola, también tenía miedo cuando veía a mucha gente, tenía miedo de los perros, de los gatos, de los pájaros, de los desconocidos, tenía miedo al agua de la piscina y de la playa, tenía miedo del fuego, de los truenos, de las tormentas, tenía miedo de los monstruos de los cuentos, tenía miedo de ponerse enferma, o de que su mamá enfermara, tenía miedo de ir al cole, de caerse o hacerse daño jugando… 

          Tenía tanto miedo que nunca salía de casa para no caerse, enfermar, encontrarse con algún perro o persona desconocida. Pasaban los días y Julia miraba por la ventana, veía jugar a los niños y niñas, veía como corrían y se divertían. Su mamá le decía: “¿por qué no vas a jugar con ellos?” Pero Julia se sentía muy triste porque tenía mucho miedo y no quería salir de casa. Llegaba la noche y Julia temblaba de miedo en su cama, todo estaba muy oscuro y no se oía nada, le daba miedo el silencio y la oscuridad de la noche, así que se levantaba y, sin hacer ruido, se metía en la cama de sus papás, allí se sentía protegida. 


          Una noche, mientras dormía entre mamá y papá, la cama comenzó a temblar, se movía tanto que Julia se despertó sobresaltada. ¡Terremoto, hay un terremoto! Sus papás parecían no notarlo. Julia se puso de pie en la cama, comenzó a saltar y gritar para despertar a sus papás, entonces un gran agujero se abrió en el centro. Julia cayó dentro y bajo por un tobogán que le dejó en un bosque tenebroso y oscuro. Se levantó del suelo y miró a su alrededor: “¿dónde estoy? Está muy oscuro, tengo miedo. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Venir a por mí!” 


          Nadie parecía oírla, así que Julia pensó que tenía que salir de ahí, se levantó y comenzó a andar. Enseguida encontró un camino y decidió seguir andado por él para ver dónde le llevaba. “¡Qué silencio, no se oye nada! ¡Tengo miedo!” Julia se acordaba de mamá y papá, se sentía sola y tenía más miedo aún. Cansada de andar se sentó junto a un árbol, se sentía tan triste que empezó a llorar. 


          Entonces oyó un ruido “¡uuhhhh! ¡ohohoho! ¡uuuhhhh!” Julia miraba a un lado y a otro y no conseguía ver nada, un gran pájaro volaba sobre su cabeza, Julia temblaba de miedo. El pájaro desapareció, volvió el silencio. Por un momento Julia dejó de temblar, pero entonces oyó ladrar a un perro, parecía que estaba furioso, luego otra vez volvió el silencio… Julia cerró los ojos y se dijo a sí misma: “no tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo…” Cuando abrió los ojos, tenía delante de ella un gran perro negro. Julia se quedó paralizada, el miedo no le dejaba ni parpadear, tenía ganas de gritar, de llorar, de pedir ayuda, pero el miedo no le dejaba moverse, ni hablar, ni gritar, ni siquiera podía llorar. 


          El perro se acercó aún más, se sentó frente a ella y le dijo: 


    - ¡Me tienes harto! Estoy cansado de que seas una miedica, nunca he conocido a una niña con tantos miedos. ¡Eres la Reina del Miedo! 
Julia seguía paralizada y con la boca abierta, pero no de miedo sino de asombro, ¡le estaba hablando un perro! O, mejor dicho, ¿le estaba regañando por tener miedo? Julia no daba crédito a lo que veía y oía. 


     - ¿Es que no vas a decir nada? ¿Se te ha comido la lengua un gato? ¡Ah, se me olvidaba que también te dan miedo los gatos! 


     - ¿Quién eres tú?


     - ¿Qué quién soy? Soy Dog, el guardián de tu bosque. 


     - ¿Mi bosque? – Julia miraba a su alrededor, observando el bosque en el que se encontraba. 


    - Sí, tu bosque, el bosque de tus miedos. Aquí viven todos tus miedos: los perros, los gatos, los pájaros, los monstruos, la oscuridad, el silencio, los ruidos, la soledad, las tormentas, el agua, los truenos… ¡Este es el bosque más grande que conozco! ¡Me das demasiado trabajo! ¡No puedo controlar un bosque tan grande! Tienes que hacer algo. 


    - Pero, no entiendo, ¿quién ha creado este bosque?, ¿por qué dices que es mío? y ¿que yo te doy mucho trabajo? 


    - Te lo voy a explicar más despacio… ¡Hola! Soy Dog, soy el perro que guarda el bosque de tus miedos, este bosque lo has creado tu solita, aquí vas metiendo todas las cosas, animales y personas que te dan miedo. Es un bosque muy grande, demasiado grande, porque tienes miedo de demasiadas cosas. ¿Quieres que te lo enseñe? Sígueme. 


          Dog y Julia recorrieron el bosque y Julia pudo ver todas las cosas, animales y personas que le daban miedo. Después de haberlo visto todo, se sentó en un claro del bosque. A su alrededor tenía nubes negras, perros, gatos, pájaros, tormentas, desconocidos, fuego y tantas cosas que le daban miedo. 


    - Estoy cansada de que me sigan 
todas estas cosas. ¿Puedes decirme qué tengo que hacer para no tener miedo?

     - ¡Al miedo hay que asustarle! – le dijo Dog.

     - ¿Asustar al miedo? ¿Y eso cómo se hace? 


     - Muy fácil. ¿Tú cómo asustas a un amigo? 


     - Me escondo y, cuando no se lo espera, salto y con cara de monstruo le grito: ¡¡Buuuuhhh!! 


     - ¡Muy bien! Pues eso mismo tienes que hacerle al miedo. 


     - Pero, ¿dónde está el miedo? 


     - Espera, que ahora mismo te lo traigo.


          Dog desapareció entre los árboles y al poco rato apareció trayendo consigo algo muy grande que venía tapado con una tela negra. Julia se quedó con la boca abierta. 


    - ¡Que me trae el miedo! –pensó. 


          Y al instante se puso a temblar. Dog colocó delante de ella aquel bulto tan grande y le dijo: 


    - ¡Prepárate!– Julia volvió a quedarse paralizada.– ¡He dicho que te prepares! ¡Confía en mí! Pon cara de monstruo y prepárate para darle un buen susto al miedo. Cuando estés lista, dímelo y le descubro. 


          Julia se armó de valor, puso la cara más fea que había puesto nunca, levantó las manos como si fueran garras y gritó muy muy fuerte “¡¡¡¡Buuuuuhhhhh!!!!” Al instante Dog retiró la tela que cubría al miedo y ¡sorpresa! Julia se vio reflejada en un gran espejo, como se vio tan fea y haciendo de monstruo, le dio un ataque de risa.


     - ¡Jajajaja Jajajaja! ¿Pero qué broma es ésta? ¡Si soy yo!


     - No es ninguna broma, Julia – le dijo Dog.– El miedo no existe, lo creas tú misma. ¿Volverás a tener miedo? 


     - ¿Miedo? ¿De quién? ¿De mí misma? ¡No!, pero si yo no doy miedo. ¡Buuuhhh! –gritaba Julia frente al espejo.
– ¡Jajajajajaja! Nunca me había reído tanto. 

          Mientras decía esto, los animales empezaron a desaparecer, las tormentas, el fuego, el agua, y también el bosque; el bosque empezó a hacerse pequeño, muy pequeño. 

     - ¡Gracias, Julia! – le dijo Dog. 


     - ¡No! ¡Gracias a ti, Dog! Por enseñarme al miedo. 


          A la mañana siguiente, Julia se despertó en su habitación, su mamá extrañada fue a buscarla.


     - ¡Julia, no has venido esta noche a nuestra cama!


     - Sí, mamá, pero ahora soy valiente y pensé que podía dormir sola en mi cama. 


          A partir de aquel día, Julia dejó de tener miedo y volvió a ser feliz, a salir a la calle, a jugar con sus amigos e incluso llegó a tener varias mascotas. 


                                            Recuerda: al miedo hay que asustarle.

                   
¡A colorear!
 

martes, 5 de mayo de 2015

El vampiro que andaba de puntillas


Del vampiro Casimiro se contaba que de puntillas andaba pues, un caluroso día de agosto, en la playa, sus pies, la arena quemaba.

Todo ocurrió una noche del mes que antes se mencionaba, cuando, Casimiro, conoció a un pequeño gorrión que, por el jardín del castillo, revoloteaba. 

Piopío se llamaba el alegre pajarillo que invitó a Casimiro a pasar un día en la playa. El joven vampiro, sin dudar, aceptó ir a aquel lugar que, solo, de noche visitaba. Y al día siguiente, con cubo, rastrillo y pala, dispuesto a divertirse, el vampirillo, al lugar acordado, llegaba.

Era temprano, el sol, apenas, despertaba y jugando y chapoteando, los pequeños disfrutaban. Las horas pasaban, el sol, en el cielo, brillaba y la arena… la arena… ¡Cómo quemaba!

Casimiro, salir del agua quería, pero, como quemaba la arenilla, caminar, dando saltitos, tendría…

Y, así, fue como aquél se convertiría
en un vampiro que andaba de puntillas.


¡A colorear!



jueves, 17 de abril de 2014

Las tres rejas

Cuenta la historia, que cierto día un joven llegó a la casa de un sabio filósofo y le dujo:

-Maestro, un amigo suyo estuvo hablando mal a sus espaldas.

-¡Espera! -le interrumpió el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

-¿Las tres rejas maestro?

-Sí, -afirmó el sabio-. Te lo voy a explicar: La primera reja es la verdad. Joven, dime, ¿estás seguro que es totalmente cierto lo que vas a decirme?

-No, lo oí comentar a unos vecinos…

-Entiendo, pero, al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, la bondad. Dime, ¿lo que me vas a decir es bueno para alguien?

-No, al contrario

¡Vaya! La última reja es la necesidad. Reflexiona y contéstame, ¿es necesario que yo sepa lo que vas a contarme?

-No, no es necesario.

-Entonces, -dijo el sabio sonriendo-


 "Si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, 
sepultémoslo en el olvido".
¡A colorear!

martes, 1 de abril de 2014

El zorro y la cigüeña

Había una vez, un zorro y una cigüeña que eran vecinos. Un día el zorro quiso gastarle una broma a la cigüeña.

- ¡Hola vecinita! –dijo el zorro-. ¿Por qué no vienes mañana a cenar a mi casa?

La Cigüeña, encantada,  aceptó y al día siguiente fue muy alegre y con mucho apetito. Cuando llegó hablaron durante largo tiempo, hasta que la cena estuvo lista.

- ¡Qué bien huele! –dijo la cigüeña- y se sentaron en la mesa.

Entonces, observó que el Zorro, servía una riquísima sopa en un plato muy plano. La Cigüeña muy hambrienta, comenzó a picar y a picar la sopa, pero a causa de su largo pico, no podía comer nada. mientras tanto, el zorro comía con mucha alegría. La Cigüeña muy enfadada por tal desconsideración, dijo estar llena, y se marchó.

Algunos días más tarde, la Cigüeña quiso devolverle la broma al zorro.

- ¡Hola vecino! ¡Cómo estás? ¿Por qué no vienes a comer, hoy, a mi casa? 
- ¡Encantado! –dijo el zorro-.

Los dos vecinos hablaron durante mucho tiempo, hasta que la comida estuvo preparada. Entonces, la cigüeña trajo la exquisita comida dentro de un largo y alto jarro de cristal, de panza ancha y boca estrecha. El zorro confundido, intentó de muchas maneras meter su hocico y su lengua dentro del jarro, pero no llegaba a la comida. Sus ganas de comer eran enormes y, mientras, la Cigüeña degustaba maravillada su almuerzo. Pasado un buen rato, el zorro renunció a aquella apetitosa comida.

- ¡Esta no es forma de tratar a un invitado! –dijo enfadado-. 
A lo que la cigüeña, muy tranquila, respondió: - Espero que hayas aprendido la lección:

“Nunca le hagas a nadie 
lo que no quieres que te hagan a ti".
                             
                             
¡A colorear!

lunes, 31 de marzo de 2014

Mi cara

En mi cara redondita
tengo ojos y nariz
y también tengo una boca
para comer y reír.

Con mis ojos lo veo todo,
con la nariz hago ¡atchisss!
y con la boca yo como
palomitas de maíz.
  
¡A colorear!